El Defensor Universitario, visión de conjunto

Hace un par de años tuvo lugar una concentración de Defensores y ExDefensores Universitarios en Madrid, se celebraban diez años de reuniones que pretendían afianzar la figura, fortalecer su presencia en las universidades, analizar aspectos de la legislación que parecían restringir derechos y libertades, sumar esfuerzos y compartir información. Fruto de esa reunión se firmó el manifiesto de la Granja al que se adhirieron todos los asistentes y que consolidaba la figura en el panorama universitario español.

Nadie mejor que ellos para definir qué somos los Defensores Universitarios y para muestra un botón: somos fiscales sin acusar y jueces sin sentenciar, nuestro procedimiento pasa por el sentido común: la sensibilidad (J. Oloriz). La figura del Defensor, como para Celaya la poesía, no puede ser    “concebida como un lujo cultural por los neutrales que, lavándose las manos se desentienden y evaden” (Alicia Serantes). Aprendemos constantemente, compartimos experiencias y pensamientos; juntos reflexionamos sobre los múltiples aspectos de nuestra labor y descubrimos que quizás no tiene límites y fronteras. Todo esto nos congrega en un universo de coincidencias y diferencias y nos impulsa a enriquecer un día tras otro la institución del Defensor. (J. Miró). Como la Real Academia, los defensores dan a la Universidad la limpieza, el esplendor y la fijación de la bondad y de la ética que necesita para que triunfe la equidad. (Ramon Yzquierdo).

En Europa la institución del Defensor Universitario tiene sus raíces en la figura del Ombudsman y en nuestro país en el Defensor del Pueblo y en las análogas instituciones autonómicas establecidas tras la Constitución de 1978, pero en el fondo, no deja de ser más que un garante de las libertades y derechos y un elemento clave en la mejora de la calidad en las instituciones donde se instaura la figura. Una persona o grupo de personas que observa el día a día y propone cambios clave para una mejor convivencia y unas mejores prácticas.

Hoy es ya una figura conocida, instaurada ya en cincuenta y seis de las setenta y cinco universidades Españolas y cuenta ya con una amplia experiencia en la resolución de conflictos y en mecanismos de mejora de la calidad de las Universidades. Su misión sigue siendo compleja y no exenta de nuevos retos pero a día de hoy nadie duda ya que se trata de una figura necesaria en las universidades pues los errores tienden a perpetuarse debido a que existe un flujo continuo de estudiantes, profesores y trabajadores y es difícil detectarlos. Los errores devienen en costumbre y sólo una institución dotada de medios y no sujeta a mandato imperativo como es la del Defensor Universitario, puede descubrirlos y erradicarlos.

En el día a día, el Defensor Universitario recibe las quejas y consultas de la comunidad universitaria y propone soluciones en forma de sugerencias o recomendaciones siempre encaminadas a la mejora de la calidad en todos sus ámbitos. Quien acude a la figura sabe, o debiera saber, que está optando por una solución entre las partes, una propuesta de resolución de común acuerdo donde, probablemente, ninguno quedará satisfecho plenamente, pero a sabiendas de que se está evitando que ocurra en el futuro y que se ha contribuido a la mejora de la calidad en cierto modo.

Queda mucho por recorrer, como se ha dicho, pero los Defensores somos optimistas al respecto, máxime cuando una de nuestras principales motivaciones es la excelente respuesta de la comunidad universitaria y la confianza que se deposita en nosotros cada día.

[Publicado en el número 311 de la Revista TE de CCOO en Marzo de 201o]

Referencia en el Mundo

Os adjunto el enlace a una referencia que se ha publicado en el periódico El Mundo relativa a Becas y Excelencia académica.
Mª TERESA GONZÁLEZ PRESIDENTA DE DEFENSORES UNIVERSITARIOS
Diferencia entre beca y excelencia académica
El sistema de becas con carácter general ha evolucionado enormemente desde los años 80 y ello, unido a la implantación de nuevas universidades, ha contribuído a incrementar de forma considerable la cobertura económica de aquellos alumnos con más dificultades económicas. No obstante, las carencias que se observan en la actualidad derivan más de las distintas políticas, nacionales y autonómicas, aplicadas a la concesión de estas becas.
Un ejemplo claro es el tratamiento que se ha dado a la excelencia académica desde este ámbito en particular. Si se considera la beca como un sistema de ayuda económica para aquéllos que consiguen las máximas calificaciones en sus estudios; en primer lugar se detrae económicamente una parte sustancial del presupuesto para becas, disminuyendo a veces, sustancialmente, el número de personas beneficiadas con dichas ayudas. En segundo lugar, y ésto nos ha llegado a las oficinas de los defensores, los criterios para solicitar estas becas de excelencia son difíciles de cumplir en los plazos previstos por parte de los departamentos de las universidades, ya que éstos tienen que garantizar la integración de estos becarios en la organización docente con la complejidad que ello supone para el becario y la universidad.
De hecho, puede comprobarse que en el segundo año de petición de la beca por parte del becario se reduce enormemente el número de solicitudes de éstas. Y además, el sistema de becas, al fin y al cabo, es un concurso, por lo que la excelencia académica como término absoluto difícilmente tendría cabida en este proceso. Por ello, creo que la excelencia académica debe reconocerse obviamente como indicador de calidad del sistema educativo y como incentivo del esfuerzo ejemplarizante para todos, pero como tal debe premiarse y ser objeto de reconocimiento público, porque ahora ni todos los excelentes son becados ni se entera nadie que lo son.

Artículo en “El Economista”

Os reproduzco parte de la entrevista que ha salido publicada en “El Economista” por si pudiera ser de vuestro interés. (os dejo también el enlace la fuente original)

“Bolonia va a poner a prueba la capacidad de hacer las cosas bien”
María Teresa González Aguado entrevistada por María L. Moratilla 9:18 – 30/01/2008

Primera mujer doctorada en Ingeniería de Minas en España. Primera defensora universitaria de la Universidad Politécnica de Madrid. Presidenta de la Conferencia Estatal de Defensores Universitarios. Reelegida defensora de la UPM en diciembre del año pasado… Y al otro lado del currículo, una asturiana campechana, de trato afable y sonrisa fácil, que destila respeto y cariño por la universidad.
 

Asegura que si ocupa el despacho de defensora -una figura que la LOU convirtió en obligatoria para todas las universidades, públicas y privadas- es porque los estudiantes se lo pidieron, aunque su trayectoria profesional quizá dejara ya entrever que tenía madera para ello.
¿Por qué se crea la figura del defensor universitario?
Viene de la idea nórdica del ombudsman, alguien que vigila y vela por los derechos de los miembros de una comunidad, en este caso la universitaria. Se crea en paralelismo con las figuras de los defensores en España, aunque el defensor universitario no es sólo para estudiantes, es para todos los miembros de la comunidad: personal de administración y servicios (PAS), profesores y estudiantes.
En cuatro años, ¿se ha demostrado la utilidad del cargo?
Si preguntásemos a la gente creo que diría que es una figura necesaria. No es tanto porque no se cumplan los derechos, sino porque la normativa en la Administración Pública, incluida la Universidad, es tan amplia, compleja y farragosa que se desconoce. El defensor universitario cumple dos papeles: una labor de prevención, para que los conflictos no surjan o se puedan resolver en su primera etapa, y como consecuencia fomentar y promover todo tipo de códigos, protocolos, plataformas de diálogo, de debate, entendimiento, etc. Todo con una meta, bien fijada en la LOU, que es mejorar la calidad.
¿Por qué los colectivos universitarios recurren a usted?
Por un lado, las quejas de los profesores y los miembros del PAS se centran más en el ámbito laboral: condiciones de trabajo, oposiciones, concursos, promoción… El profesorado tiene también un ámbito específico que es el referido a la estructura departamental. El sistema universitario español no tiene una estructura típicamente departamental, como el sajón o americano. Éste se entiende como el conjunto de todos aquellos profesores que imparten docencia en una temática amplia, un departamento es una facultad, una titulación, un grado.
Aquí la unidad temática para el departamento son las áreas de conocimiento, que se han establecido en España de manera más pequeña. El número medio de profesores de un departamento en España no tiene nada que ver con el de otros países. Surgen importantes conflictos derivados de esto. Además, el profesor de universidad no se puede trasladar a otro departamento, y no tiene facilidad para hacerlo a otra universidad, por lo que convive toda su vida docente con un número reducido de personas.
En cuanto a los estudiantes, recurren sobre todo por temas relativos a las condiciones de permanencia, convalidaciones, cambios de planes de estudio, como el que se avecina ahora con Bolonia.
¿Ha percibido ya preocupación por el tema de la adaptación a Bolonia? Me refiero a los conflictos entre ingenierías superiores y técnicas…
Todavía no, pero el escenario supone un cambio brutal para todas aquellas profesiones reguladas, como son las ingenierías. Bolonia es bueno pero va a ser difícil, y va a poner a prueba la inteligencia de los sistemas, la capacidad de diálogo y de hacer las cosas bien.
¿España está sobretitulando a sus ingenieros?
Este es un tema muy complejo y hay que abordarlo por todos los ámbitos. En mi opinión, el ingeniero superior español probablemente sea el mejor del mundo en conocimientos, pero sale al mercado laboral con 26 ó 27 años, una incorporación muy tardía… En Inglaterra un ingeniero sale con 21 años; sabe menos, pero incorporarse al mundo laboral a los 21 significa que cuando el español de 26 salga, el inglés llevará 5 años de experiencia, que también es muy importante.
¿Qué capacidad tiene el defensor para solucionar conflictos?
Emitimos recomendaciones, hacemos labores de mediación. La presión consiste en convencer a las personas por la palabra y los hechos.
Y los resultados, ¿qué dicen?
Es una labor de mucho tiempo, de machacar, hay que ser muy pertinaz. Es una labor dura, solitaria, y tienes que ser inodoro, insípido, invisible… Tienes que tener el respeto y la autoridad, pero no el poder.
¿Es necesaria una sensibilidad especial para el cargo?
Los defensores han de tener dos cualidades: sensibilidad y compromiso con una causa en la que creen. Nunca pensé en presentarme para defensora, lo hice porque los estudiantes me lo pidieron. Más tarde entré en la comisión permanente de defensores a nivel estatal, donde surgen las ideas de crear la sede virtual y agruparnos como asociación. Necesitábamos naturaleza jurídica: la labor del defensor es llegar a las personas que legislan en las universidades. Para que se nos oyera necesitábamos estar asociados.
¿En qué temas va a trabajar en este mandato con especial hincapié?
En el tema de la discapacidad, un tema fundamental, sobre todo en nuestra universidad con el acceso a las nuevas tecnologías, y en el de riesgos psicosociales, cómo regular las condiciones de trabajo, establecer códigos de ética, de comportamiento. Todo esto apunta hacia la calidad.

De las Homologaciones de Títulos

En el Suplemento de El Mundo, número 504, aparecen las siguientes declaracíones sobre la Homologación de Títulos que se han debatido ya en varias ocasiones… como digo, los problemas de homologaciones «no son muy numerosos pero sí bastante complejos» y aunque se están modificando ciertas pautas para intentar reducir los tiempos de espera, el proceso sigue siendo «muy largo». «Esperamos que se aproveche el nuevo espacio de educación para agilizar estos trámites»
Os remito a las conclusiones del IX Encuentro Estatal de Defensores Universitarios celebrado en Alicante y Elche para más detalles sobre las Homologaciones.

Entrevista Revista ECCUS

-¿Cómo define la labor del Defensor en el engranaje de la Universidad?
-Se trata de una labor muy bien definida en la LOU. En la práctica, la Oficina del Defensor dentro de la Universidad, es un observatorio en el que no sólo se recogen las quejas o consultas de los miembros de la comunidad universitaria, sino que se vela, actuando de oficio si es necesario, por los derechos y libertades de sus integrantes.
-¿De qué margen de maniobra ejecutiva dispone el Defensor?
-Ejecutiva, ninguna, porque no somos un órgano de gobierno. Formulamos recomendaciones y sugerencias, pero en ningún caso son vinculantes. Nos movemos en el ámbito de la mediación y todas nuestras actuaciones se rigen por la autoridad, no por el poder.


-Entonces ¿qué elementos dan fuerza y efectividad a sus recomendaciones?

-La primera que estas recomendaciones son públicas, por lo que todos los miembros de la comunidad universitaria las conocen y respetan. Otros elementos pueden ser el apoyo legal que suelen soportarlas, y la comparación con otras universidades que han emitido recomendaciones comunes.


-¿Se siente una figura reconocida?

-Me siento una figura reconocida por mi comunidad universitaria, aunque todavía muchos miembros desconocen esta figura. La labor de difusión es amplia pero es muy difícil en comunidades muy numerosas que se cree el nivel de confianza para que la gente acceda al Defensor.
-¿Nos pone algún ‘pero’ a la labor y maniobrabilidad del Defensor?
-La figura del Defensor está muy bien reglamentada, tanto en la LOU como en los Reglamentos de Funcionamiento de los Defensores en sus universidades. Pero el Defensor es una persona y como tal si realiza mala praxis en el ejercicio de su labor o utiliza la figura para sus intereses personales, es cuando se produce el mayor perjuicio para esta institución, ya que la confianza queda muy dañada y la autoridad perdida.
-Como presidenta de la Conferencia Estatal de Defensores Universitarios (CEDU) puede adelantarnos cuáles serán las líneas que marquen el futuro a seguir por los defensores.
-La LOU es muy clara al afirmar que las actuaciones del Defensor estarán siempre encaminadas hacia la mejora de la calidad universitaria y es evidente que con la integración en el Espacio Europeo de Educación Superior los defensores pueden y deben ser un instrumento de la calidad del sistema.
No hay que olvidar además que la calidad de un sistema no sólo tiene que ver con la excelencia académica e investigadora, también tiene que ver con la calidad humana y en eso tenemos mucho que decir.
-Usted lo comenta, en septiembre arranca el Plan de Bolonia, ¿qué papel jugarán en este nuevo escenario?
-Creo con toda humildad que muy importante, y el hecho es que ya se observa un incremento extraordinario de consultas. Cada día las personas son más conscientes de sus derechos y con la implementación tecnológica de muchos procesos nuevos en la administración y organización de la Universidad, ésta debe garantizar la existencia de canales eficaces y rápidos de consultas, quejas y reclamaciones para mejorar en el menor tiempo posible estos procesos, por lo que el Defensor puede ser una herramienta fundamental en esta nueva etapa.

Sobre el Seguro Escolar

Publicada en el Boletín Oficial del Estado el 18 de julio de 1953, la ley que sentaba las bases para la creación del Seguro Escolar en España supuso una auténtica revolución social en su día. No era para menos. Su articulado encerraba las claves de una cobertura sanitaria y de infortunios muy adelantada para su época. Se trataba, en definitiva, de garantizar que el escaso millón y medio de privilegiados que lograba acceder a la Universidad tuviera la espalda bien cubierta en caso de enfermedad, accidente o defunción del cabeza de familia, entre otros supuestos.

«Cuando se instauró supuso un avance impresionante -cuenta María Teresa González Aguado, coordinadora de los defensores universitarios españoles-. Hasta principios de los 70, el Seguro Escolar garantizaba una atención sanitaria incluso más interesante que la ofrecida por la, por aquel entonces todavía en pañales, Seguridad Social».

A cambio de las 171 pesetas que se abonaban en concepto de prima al formalizar la matrícula al principio de cada curso, González Aguado explica que «los estudiantes que sufrieran un accidente, por poner un ejemplo, podían obtener una indemnización de hasta 10.000 pesetas, una cantidad bastante elevada para aquellos años».

Sin embargo, la ley del Seguro Escolar ideada en la década de los 50 del pasado siglo tenía ‘trampa’: «En aras de conseguir un sistema muy garantista se establecieron cantidades de dinero fijas y que ahora, lógicamente, se han quedado totalmente obsoletas», explica la defensora del universitario de la Politécnica de Madrid.

Y es que, aunque resulte algo difícil de creer, la última orden ministerial redactada para modificar estas prestaciones data del 27 de junio de 1963. Dicho de otra manera, el Seguro Escolar vigente en España en pleno 2007 sigue contemplando unas indemnizaciones ‘sesenteras’.

Cantidades, por citar algunas, de 30,05 euros para gastos de sepelio por defunción del estudiante o de 86,55 euros anuales en caso de infortunio por fallecimiento del cabeza de familia, con objeto de asegurar al alumno la continuidad de los estudios iniciados. Es decir, lo único que se ha adaptado a los tiempos que corren es el tipo de moneda: de la peseta al euro.

BUROCRACIA. Aunque el asunto no ocupa un lugar prioritario en la agenda de las autoridades educativas nacionales -ya que el aspecto sanitario está bien cubierto por pólizas privadas suscritas por cada centro o por la propia Seguridad Social- la coordinadora de los defensores universitarios españoles asegura que existe «una gran sensibilidad hacia este tema en el seno de nuestra Comisión Permanente y creemos que éste podría ser un momento idóneo para abordarlo».

Un interés que, sin embargo, choca de frente con una férrea barrera burocrática. «El tema depende de tres ministerios, Educación, Economía y Asuntos Sociales. Hasta que no se sienten todos ellos a negociar no habrá una solución para este problema», asevera María Teresa González Aguado.

En su opinión, una posible salida a este atolladero podría pasar por «la actualización de la cuota abonada por los matriculados, que tampoco se revisa desde el curso 1985-86 y que asciende a la cifra de 1,22 euros, o por la adopción de otras medidas alternativas más innovadoras».

Antonio Bellido, ex coordinador de la Oficina del Defensor del Universitario que encabeza González Aguado, también sabe, por experiencia propia, que la actualización del Seguro Escolar es, poco menos, que una batalla perdida: «Tras recibir multitud de quejas en la Delegación de Alumnos, en 1997 encargamos a una empresa externa un completo informe sobre el tema e incluso nos pusimos en contacto con el, por aquella época, ministro de Trabajo, Javier Arenas. Al final, todo quedó en buenas intenciones».

PRÉSTAMOS AL HONOR

Primera doctora ingeniera de Minas de España, María Teresa González Aguado rescata una vieja tradición de su escuela como posible alternativa o complemento a las indemnizaciones contempladas en el Seguro Escolar: los Préstamos al Honor. Se trata de un sistema de ayudas destinado a «los estudiantes que han sufrido algún tipo de infortunio familiar que les dificulta proseguir sus estudios». A cambio, los beneficiados se comprometen a devolver el dinero invertido en ellos nada más empezar a trabajar.

El origen de los Préstamos al Honor se encuentra en una historia acontecida «hace ya 150 años», según apunta González Aguado. Por aquel entonces, «una familia realizó una generosa donación para ayudar a estudiar a los hijos de los mineros fallecidos», relata. Aquellos fondos iniciales se han ido retroalimentando con las aportaciones de los titulados de Minas.

Cuestión de talante (El Mundo)

(Publicado en El Mundo en su edición del martes 11 de mayo de 2004)

Actualmente, la figura del Defensor Universitario es absolutamente imprescindible. En su origen está la clave para entender su necesidad ya que, por una parte, el crecimiento de la Administración pública experimentado en los países democráticos de occidente, especialmente tras la II Guerra Mundial y, por otra, el cambio social producido en estas últimas décadas en la difusión de aspiraciones democráticas y de Derechos Humanos, han conducido al reconocimiento del concepto de servicio público, en el sentido de que es la Administración pública la que debe servir al ciudadano y no al contrario.

Por ello, vivimos rodeados de múltiples defensores: el del Pueblo, el del Paciente, el del Lector, el del Menor, etcétera. Todos ellos canalizan las quejas, consultas y reclamaciones de los ciudadanos ante las actuaciones de los órganos de poder.

Quizá en este afán de tanta defensa se pueda encontrar aún cierta adolescencia en nuestra democracia y una constatación de que las autoridades muchas veces ejercen lo que se denomina la «mala administración», definida ésta por el primer defensor del pueblo europeo, Jacob Söderman, como el resultado de la falta de coherencia entre la actuación de un determinado ente político y la regla o principio al que está ligado.

Y de aquí nace el principal cometido del Defensor Universitario: velar por el respeto a los derechos y libertades de los profesores, estudiantes y Personal de Administración y Servicios (PAS)­ de la Universidad ante las actuaciones de los diferentes órganos que la componen. Para ello, tal y como se refleja en los estatutos de las distintas universidades españolas, el Defensor no está sometido a mandato imperativo por parte de ninguna instancia universitaria y se rige únicamente por los principios de independencia y autonomía.

La Universidad es una comunidad humana y, como tal, no dista mucho de las virtudes y defectos que van asociadas a cualquier otro tipo de colectividad; si bien, nuestra singularidad está en el fin último que persigue nuestra institución, esto es, en la formación no sólo de profesionales, sino de ciudadanos. Y ese maravilloso objetivo es, precisamente, el que debe regir en todas y cada una de nuestras actuaciones. Por ello, las resoluciones del Defensor Universitario deberán encaminarse siempre a la mejora de la calidad universitaria, entendida ésta también como la sensación de orden, bienestar y orgullo de pertenecer a la Universidad.

Por esta misma razón, la figura del Defensor no debe ser inquisitiva y fiscalizadora, sino todo lo contrario. Ésta debe ser un punto de encuentro, un mediador que busque soluciones a los conflictos, que deje al margen la burocracia y que se siente, literalmente, con las partes implicadas para ofrecer puntos en común.

En definitiva, el Defensor del Universitario debe crear espacios comunes abiertos de comunicación que favorezcan la porosidad e interrelación de los sistemas, con el objetivo final de que los integrantes de la comunidad universitaria no tengan que acudir irremediablemente al largo, frío, tedioso y caro proceso judicial, y, de esta manera, promover la auténtica buena administración. La labor del Defensor Universitario es, en realidad, un trabajo solitario y solidario, firmemente comprometido con la sociedad y con su tiempo, totalmente ajeno a cuestiones partidistas, corporativistas o clasistas. Sólo así podrá actuar con justicia, equidad y autoridad.

Probablemente, ahora más que nunca, las universidades estamos obligadas a formar, enseñar y gobernar en la cultura del diálogo, transmitiendo a la sociedad, que, al fin y al cabo, es quien nos mantiene, una manera distinta de hacer las cosas, un talante. Y­ es que, en definitiva, simple y llanamente, todo lo anteriormente mencionado se reduce a una cuestión de talante.